16.5.11

Se quedó alrededor de un cuarto de hora y, cuando salió para volver a su despacho, yo ya estaba enamorado de ella.(...) Pude darme cuenta de que no poseía una belleza extraordinaria, de que no era una de esas diosas del cine que intimidan con el hechizo de su perfección. (...) Pero por intenso que fuese mi deseo, también sabía que mi interés iba más allá de la mera atracción física, de que el sueño que estaba empezando a tener era algo más que una simple y momentánea pulsión animal.(...) Pero quiero ir más allá de su cuerpo, más allá de los incidentales detalles de su persona física. Los cuerpos cuenta, desde luego -cuentan más de lo que estamos dispuestos a admitir-; pero no nos enamoramos de los cuerpos, nos enamoramos de lo que somos, y si en gran parte de nuestra naturaleza se ve circunscrita a un ámbito de carne y hueso, también hay otra cosa. Eso lo sabemos todos, pero en cuanto nos apartamos de un catálogo de apariencias y cualidades superficiales, las palabras empiezan a fallar, a desmenuzarse en confusiones místicas y metáforas nebulosas, insustanciales. Algunos lo denominan la llama de la existencia. Otros, la chispa interior o la luz íntima de la personalidad. Y otros se refieren a la llama de la esencia. Los términos siempre evocan imágenes de luz y calor, y esa fuerza, ese principio vital que a veces llamamos alma, siempre se comunica al otro a través de la mirada. Seguro que los poetas acertaban al insistir en ese punto. El misterio del deseo empieza cuando se mira a los ojos al ser amado, porque únicamente allí puede percibirse un destello de quien es esa persona.
Paul Auster (mi nuevo amor)

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